Disimulas con tu agudizada sencillez la mentira que tus labios nos pronuncian. Miras con sigilo nuestras caras de desolación, tristeza y enfado e interpretas un estupor desmedido y engañoso. A mí me resultas terrible.
Nuestros asientos se vuelven fríos como la noche en la que destapas tu verdad y mis piernas rebotan por tu sonrisa, que intenta ser cómplice. Ahora es cuando caigo en la cuenta que son meses de lejanía y no años, y que ninguna deseaba esto, ninguna lo deseaba.
Quiero pedirte que no lo digas, que dejes ilusiones arraigadas en el presente y con tu insolencia no desarmes lo construído en mi memoria , pero, como siempre, ignoras mis premisas y vuelves al comienzo. La miro a ella, y pronto comprendemos que somos presas fáciles de salmodias y de coplas y decido, al fin, dejarte. No, me equivocaba, eras tú la que me dejaste hace tiempo.
Ralentizo mis pasos, paro en seco en el escondite del que creía también mi viaje y ya puedo ver que sigues allí, al otro lado del continente, donde siempre estuviste.